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#NFL100

Ray Lewis: El corazón y alma de los Baltimore Ravens

El segundo jugador seleccionado en la historia de la franquicia también es la viva imagen del espíritu indomable de Baltimore.

Ray Lewis con los Ravens
Nick Wass AP

“Siempre debes saber dónde está el número 52”, dijo Tom Brady antes de la Final de la AFC de 2012. En 17 temporadas, esa fue la premisa para todos los quarterbacks de la NFL, y llegó a convertirse en un acertijo indescifrable.

¿Por qué?

Porque Ray Lewis estaba en todas partes. Fuera cual fuera la jugada, un pase o una carrera, Ray Lewis estuvo siempre cerca del balón. Más importante aún, Ray Lewis estuvo siempre en lo más profundo del espíritu de los Baltimore Ravens.

Lewis fue el segundo jugador en la historia de la franquicia en ser seleccionado (1ra ronda, 26to global) ─el primero fue el también miembro del Salón de la Fama Jonathan Ogden. Y desde su llegada en 1996, hasta su último juego, Lewis fue el líder, mentor y guía de unos Ravens que fueron a playoffs en 9 de las 17 temporadas en las que el número 52 intimidaba a todo aquel a su paso.

Nombrado primer equipo All-Pro en siete ocasiones (10 en total) y con 13 invitaciones al Pro Bowl, Lewis transformó a un conjunto de expansión en campeón del Super Bowl en apenas cinco temporadas. En sus 17 años en la liga, solo sufrió de seis campañas perdedoras y se despidió, con 37 años, en la cima del deporte. Como campeón redimido.

Porque no todo fue gloria. Porque para aquellos que vienen de dónde viene Lewis, siempre es más difícil, siempre hay un obstáculo, un momento de debilidad.

El de Lewis llegó el 31 de enero de 2000 en Atlanta, cuando él y dos amigos se enfrascaron en una pelea en un bar y dos personas murieron apuñaladas esa noche. El traje que vestía Lewis nunca se encontró, lo que sí se encontró fue la sangre de una de las víctimas en su limusina.

Acusado de homicidio, Lewis llegó a un acuerdo con la fiscalía para reducir la acusación a obstrucción de justicia a cambio de su testimonio. Las imágenes del astro en su uniforme naranja de la cárcel del condado cuentan una historia de otro deportista caído en desgracia.

Pero la redención ─al menos deportiva─ de Lewis llegó antes de que expirara su sentencia de 12 meses por libertad condicional.

La siguiente temporada Lewis ganó el primero de dos galardones como Jugador Defensivo del Año, encabezó a una defensa histórica que apenas admitió 165 puntos y que llevó a los Ravens al triunfo sobre los Giants en el Super Bowl, en donde, obviamente, Lewis terminó con los honores de MVP.

Había conseguido darle un giro de 180 grados a su vida en cuestión de 12 meses y jamás retomaría el sendero de la tentación. El resto de su carrera lo dedicó a sembrar el caos, como lo demuestran las 12 ocasiones en que Baltimore terminó entre las 10 mejores defensas de la NFL, incluyendo nueve entre las primeras cinco.

Brian Billick, coach de aquellos Ravens campeones de 2000, describe mejor que nadie el impacto que Lewis era capaz de generar. Dentro y fuera del campo.

En la semana 13 de la temporada, y luego de concretar cuatro blanqueadas, los Ravens recibían a los Browns, que arrastraron a Baltimore 86 yardas para un touchdown en su primera serie ofensiva. De regreso en las laterales y con un Billick furioso, Lewis lo miró fijamente y le comentó: “No digas nada. Yo me encargo”. Cleveland sumó 26 yardas totales el resto del juego.

El liderazgo y la intensidad de Lewis alcanzaron tales dimensiones que fueron capaces de borrar, casi por completo, la mancha de sangre en su pasado.