Fantasmas del pasado

Estados Unidos

Era otoño de 1997. Vivía en Milán. Ronaldo había salido de Barcelona a Milán. Bonita casualidad y el Barça por entonces recibía al Dinamo de Kiev de un tal Andriy Shevchenko que nadie conocía. Ni Vitor Bahia.

Ni los Figo, Rivaldo, Ciric y más amigos pudieron con la genialidad del que después se convirtió en uno de los mejores delanteros centros de la historia. No fue la única vez que el ucraniano perforó la portería del Barcelona. Con el AC Milan también se fajó otras tantas veces más.

En el partido de hoy se le ha echado en falta. Si SHEVA hubiera jugado hoy no había metido otro hat-trick como el que endosó a los catalanes hace veintitrés años. Hubiera metido media docena porque la defensa ha dado pena.

Si el Barcelona no ha salido goleado por una banda de chavales que han corrido como si no hubiera mañana es porque la suerte de hace tantos años se agotó y no ha vuelto más. Por carisma, cariño, amor al fútbol y gallardía, el Dinamo no ha merecido empatar. Ha merecido ganar. Sin embargo el fútbol es así de asqueroso e injusto.

Los que amamos el fútbol y vemos los últimos partidos de la Champions, nos enamoramos de la valentía de jugadores que corren, se organizan, gritan y se dejan el alma.

Por su parte, la banda del Barça, una suma de excelentes jugadores en plan mercenarios que negocian si suben o bajan sus sueldos, pues chutan la pelota. Que es muy respetable, pero no es fútbol como el que nos acostumbraron hace diez años.

Se dirigen al mundo del barro del AC Milan y del Manchester United del que no salen desde hace más de un lustro. Al Barça le queda mucho operativamente. Lo que me pregunto es cuánto se tarda en incrementar el alma del juego.