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Infección en toda regla

Infección en toda regla

El fútbol es una materia tan frágil como misteriosa. Nunca es fácil determinar las razones que hacen saludable a un equipo o lo vuelven enfermizo. Si sabemos que ocurre lo mismo que en la vida: es más rápido el tránsito de la salud a la enfermedad que al revés. Basta observar al Real Madrid, el equipo más sano del mundo hace cuatro meses. Había ganado la Liga y la Copa de Europa, doblete que no lograba desde los años 50, y amenazaba con una temporada arrolladora. Las victorias sobre el Manchester United y el Barça en las dos Supercopas de agosto establecieron al Madrid más como la superpotencia de los siguientes años. Lo que se anticipaba como el inicio un ciclo grandioso se ha transformado en un infierno. Al Madrid no le respetan los números (cuarto en la clasificación, a 16 puntos del Barça) ni el juego, cada vez más mediocre.

En Vigo le salvó la vitalidad de Bale, que ahora mismo tiene una ventaja considerable sobre el resto de los jugadores. Apenas ha jugado, está fresco y no ha vivido el progresivo deterioro del equipo. Parece ajeno a las miserias que afectan a los demás, y se nota. Bale no fue suficiente en Balaídos para ocultar los groseros defectos de un equipo cuya desorganización le acerca cada vez más al caos.

No hay estructura y apenas hay respuestas individuales. Sin un rasgo que le definiera, otras ediciones del Real Madrid eran capaces de apoyarse en el talento de sus jugadores. Las sumas de las contribuciones individuales solían maquillar los defectos colectivos del equipo. El problema es que ahora suman pocos y la sensación de descontrol ha aumentado vertiginosamente en las últimas semanas. Gente como Benzema, Marcelo y Kroos están a una distancia abismal de un rendimiento aceptable. Cristiano naufragó en Balaídos, no tuvo impacto alguno con el Barça y ha dejado de ser la solución que tantas veces salvó al Madrid. Ahora se le comienza a ver como problema, paradoja que se produce un mes después de recibir el Balón de Oro y el The Best de la FIFA.

Nada de todo esto se percibía después de las dos victorias sobre el Barça en la Supercopa. Sin embargo, el Madrid sufrió en agosto una pequeña herida. Empató en el Bernabéu con el Valencia. Nadie se preocupó, ni tan poco después del empate con el Levante. La herida se había agrandado y los descuidos del equipo eran evidentes. La derrota frente al Betis en el tercer partido en casa tampoco despertó alarmas, pero en esas fechas el Barça ya marchaba líder en la clasificación. El Madrid tardó mes y medio en ganar su primer partido en el Bernabéu. La pequeña herida inicial se había infectado.

El fútbol es muy sensible a las infecciones. Es un misterio la rapidez con la que un equipo entra en proceso de descomposición. Heridas mal curadas, o desatendidas, terminan por enfermar a los equipos y en ocasiones a la estructura superior: el club. El Madrid se encuentra en este momento en un momento crítico. De repente, el equipo se ha desplomado, parece envejecido, la mayoría de sus estrellas (Cristiano, Sergio Ramos, Modric, Benzema) superan los 30 años, y sus prometedores jóvenes sufren una regresión inesperada. El desarrollo de los acontecimientos (Zidane ha confiado esencialmente en la vieja guardia) ha orillado a jugadores como Asensio, Lucas y hasta Isco, que no jugó un minuto frente al Barça, a una condición de secundarios. Los recientes fichajes (Theo, Llorente y Ceballos) han entrado en la marginalidad.

En otras condiciones, la posición de Zidane sería muy delicada. Hace dos años, por estas fechas, Florentino Pérez despidió a Rafa Benítez, no mucho después de una gruesa derrota con el Barça en el Bernabéu, pero bastante más cerca del líder que ahora. Se dijo que la plantilla no quería a Benítez. Florentino eligió el mejor escudo posible: el enorme prestigio social de Zidane, que ha añadido durante este periodo una enorme cantidad de títulos al Madrid. No tiene la debilidad de Benítez y dispone del apoyo de las fuerzas vivas del vestuario. Quizá por eso se atrevió a declarar que no deseaba el fichaje de Kepa Arrizabalaga.

Lo dijo dos días después de que el portero del Athletic pasara una secreta revisión médica por consejo del Real Madrid. Las palabras de Zidane sonaron a desafío al presidente y mensaje de apoyo a la plantilla. Si Florentino Pérez interpretó como desafiante la postura del entrenador, el grave patinazo en Balaídos añadió más material inflamable a la crisis que se ha instalado en el equipo y que, a la vista de los resultados y del caso Kepa, amenaza con progresar a la estructura superior: la directiva. Es decir, una infección en toda regla.

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