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Chicago Bears

Brian Hoyer, un Jekyll y Mr Hyde de 300 yardas por partido

El quarterback de los Bears lleva cuatro partidos seguidos de más de 300 yardas, pero ni con eso nos ha sacado de la somnolencia que generan los jugadores insípidos.

Brian Hoyer, un Jekyll y Mr Hyde de 300 yardas por partido
Joe Robbins AFP

Brian Hoyer es el novio que muchos querríamos para nuestra hija. Aunque a estas alturas será complicado, porque está casado con su novia desde el instituto, Lauren Scrivens, tiene dos hijos, Garrett y Cameron, y para tranquilidad de todos no tengo constancia de que su relación esté afectando negativamente a su rendimiento como jugador, aunque viéndole en el campo a veces pudiera parecer lo contrario.

Pero yo hoy no quería hablaros de la mujer de Hoyer, sino del novio que todos querríamos para nuestras hijas. Un tipo serio, sensato, obediente, que hace lo que le dicen sin rechistar y no corre riesgos. De esos que no levantan la voz por mucho que los chinchen, pero que, lamentablemente, nunca te va a dar una yarda de más.

Estoy seguro de que ese Hoyer, el aséptico, tendría un sitio incontestable en la NFL actual. En este mundo de insensatos un tipo aburrido muchas veces es la mejor solución. Sin embargo, Hoyer es como el doctor Jekyll y Mister Hyde. A lo largo de su carrera debió haber un momento en que alguien le dio un bebedizo con ojo de sapo y cola de lagarto, que le transforma regularmente, y cuando menos se espera, en un insensato enloquecido con los ojos inyectados en sangre. El tipo timorato, sin ganas de meterse en líos, lanza entonces cuatro intercepciones en el mismo partido, que además es de Wild Card, para convertir en inevitable que cuando regrese al vestuario le digan que se cambie rápido, recoja sus cosas y cierre la puerta por fuera para no volver más. Y estoy seguro que al llegar a casa, el pobre Hoyer empieza a preguntarse quién narices fue el que se metió en su cuerpo, y le retorció las tripas, para obligarle a conducir por encima del límite de velocidad a él, que nunca pasa de 40 millas por hora ni en una autopista de cinco carriles en Alemania.

Un camino de espinas

Si vemos la trayectoria de Hoyer, esa ha sido su maldición. Belichick lo sacó del triste universo de los no drafteados para tres años después arrojarlo al asfalto sin un mísero trozo de pan, como en las historias Victorianas. Tito Bill le engañó con otro, un tal Ryan Mallett, que ya tiene delito. Desde ahí recorrió las calles, mendigando, de Pittsburgh a Arizona hasta recalar en Cleveland, el agujero negro de los quarterbacks irrelevantes.

¡Y oye, la cosa no fue tan mal! En 2013 consiguió la titularidad de esas maneras extrañas que en Cleveland tienen de darle a un quarterback el volante del ataque, lo hizo muy bien durante dos partidos, se lesionó nada más empezar el tercero, y se convirtió en el chico más guapo del barrio. Ese que todos están deseando que vuelva, y que en cuanto recuperara la salud, devolvería a los Browns al mapa de la NFL.

Entonces llegó 2014, el año en que todos conocimos a Hoyer. El tipo que detiene la bici para evitar atropellar a un patito. Y mientras fue prudente hasta el sopor la cosa funcionó, y hasta pareció que los Browns habían encontrado a un quarterback para rato… Hasta que llegó Mr Hyde, se encontró con Josh Gordon, decidió pisar el acelerador, meter quinta, los Browns perdieron seis de los últimos siete partidos y Hoyer su trabajo.

Esa fue la primera vez que Hoyer debió empezar a sospechar que estaba endemoniado. Porque mientras sus ojos pensaban en no cometer errores, y en las cuatro intercepciones que había sufrido en los primeros nueve partidos, su cuerpo pedía marcha sin templanza, y lanzaba nueve pases al contrario en sus últimas cinco actuaciones.

La historia en Houston no hace falta que os la cuente. Ganó a Mallett, sí, el del delito, la batalla por la titularidad, se portó como un chico bueno hasta que llegó a postemporada, y se autodestruyó desbocado justo el día en el que solo le habían pedido que dejara a Mr Hyde en casa.

La oportunidad de Chicago

¿A qué viene todo este rollo? Pues porque Brian Hoyer, el novio sensato que querríamos casi todos para nuestras hijas, parece haber aprendido la lección. Hasta el punto que en los últimos cuatro partidos ha conseguido superar las 300 yardas de pase (ante los Colts incluso rozó las 400). Pero también ha conseguido que unos números tan sobresalientes resulten insípidos e inútiles. Tres derrotas en esas actuaciones, con seis touchdowns y sin intercepción. Otra vez conduciendo sin salirse de la línea, sin superar el límite, con el cinturón abrochado y con una tasa de alcohol de 0,0.

En serio, nunca pude imaginar que un jugador pudiera sumar tantos partidos seguidos con tantas yardas sin sacarme de la somnolencia. Sin hacer nada que me erice los pocos pelillos que me quedan. Con porcentajes de pases estratosféricos, ratings espeluznantes, pero sin que la sangre le hirviera en ningún momento. Jekyll en estado puro.

Y lo más divertido es que en Chicago están reclamando a Mr Hyde. Echan en cara a Hoyer la falta de magia, que no corra riesgos, que no se eche el equipo a la espalda y se convierta en salvador. Entre nosotros, creo que en Chicago tienen síndrome de Estocolmo con Jay Cutler. Han sido demasiados años de secuestro, y los demás no somos conscientes del daño psicológico y los trastornos crónicos que el hombre triste ha podido dejar como herencia en la ciudad del viento.

Si fueran sensatos, los Bears buscarían un entrenador que supiera sacar partido del doctor Jekyll y que consiguiera mantener alejado a Mr Hyde; se dispondrían a hacer un viaje cómodo, sin sobresaltos ni adelantamientos innecesarios por la temporada, sin muchas alegrías pero también sin taquicardias, y estudiarían con calma si Hoyer es un quarterback legítimo en la NFL, que pueda hacer de puente en Chicago mientras la franquicia busca a su nuevo pasador franquicia.

Pero no le pidan que intente ganar partidos, porque entonces aparecerá My Hyde para buscar el despido fulminante. Lo que él sabe hacer mejor es no confundirse. Y eso no es poco en esta liga. Que cuando se intenta conducir un utilitario como si fuera un deportivo, al único lugar al que se llega es el taller mecánico.