El fútbol alivia a los inmigrantes que pasaron por La Bestia
El fútbol alivia a los inmigrantes que pasaron por La Bestia

HONDURAS VS EL SALVADOR

El fútbol alivia a los inmigrantes que pasaron por La Bestia

Honduras y El Salvador cerrarán la fase de grupos de la Copa Oro mientras miles de sus ciudadanos deambulan por Chiapas en busca de una vida mejor.

La Bestia no para aún en Arriaga, Chiapas. Han pasado dos, quizá tres días. Nadie sabrá decirlo, a ciencia cierta. Los que venían sobre el tren en su último paso ya no están. Los que esperan encontrarse con su ruta, aún no llegan, o no llegarán. Los que llegaron y luchan por rehacer su vida en Arriaga, ya no les interesa. Por las vías caminan las iguanas. La megafonía de una lavandería que recorre el pueblo en una pick-up blanca, destartalada. El suave viento que se desliza desde la selva acaricia el pasto silvestre; el crujir de las plantas corta el eco que los gritos y el llanto dejaron como niebla entre la maleza. El llanto de Alex, salvadoreño de 34 años, cuya pierna derecha quedó atorada sobre los vagones del tren. El llanto de su esposa y sus tres hijos. “Lo bueno es que no caí. Medio me detuve. Ya estaba ahí desangrándome. El tren paró aquí adelantito. ‘Ya no aguanto’, le dije a mi esposa. Me ayudó un señor, me trepó a un taxi para el hospital. Me atendieron en urgencia. Un mes voy a estar sufriendo aquí”, recuerda aliviado, sentado en una banca del parque central de Arriaga; la gorra percudida, color crema; la mirada apagada que busca la forma de mantenerse en alto, sin éxito; un torniquete que le detiene el sangrado.

Sobre los vagones de La Bestia reina el desconcierto, el sigilo, la incertidumbre, cuentan los entendidos. No hay certezas ni sobre la vida misma. Quién está sentado a un lado. Es ‘la migra’ o los remanentes de una caravana. Qué hay tras los matorrales. Quién aguarda tras la arboleda. Entre la inquietud, la desconfianza mutua, el miedo al próximo segundo, Alex y su familia cayeron presas del pánico en cuanto el rumor llegó a sus oídos: “ahí viene la ‘migra’”. Y el caos. La gente que saltaba entre vagones o intentaban bajar mientras el tren se interna en la espesura de la selva a velocidad crucero. “Por salvar a mi hijo me di con todo”, esboza una sonrisa. Cojea, pero está vivo. Ha esquivado otro entronque con la muerte. En Tonalá, dos forajidos lo sometieron machete en mano; le quitaron 15,000 pesos e intentaron golpear a su esposa, pero no tocaron a sus hijos: “Solo se metieron conmigo, gracias a Dios”.

A Alex no le importa más ‘tirar pa’l norte’. Estados Unidos no es más una quimera. Ya no puede subir al tren, al menos por ahora, dado el estado de su pierna. El doctor que lo atendió le recomendó quedarse en Arriaga. “'Mejor búscate una chambita'. ¿Para qué sigo adelante?, ¿para qué sigo poniendo a mi familia en riesgo?”, reflexiona. En El Salvador trabajaba como albañil por cuatro dólares al día. El viaje comenzó hace dos meses. Después de sobrevivir a la Bestia, a Tonalá, a los agentes migratorios, a las pandillas y los ‘coyotes’ balseros del Suchiate, Alex y su familia le tomaron la palabra a su doctor y se plantearán quedarse en Arriaga. “Me dice mi esposa ‘vamos a buscarnos una casita por aquí’. No nos vamos a regresar para atrás. ¿Para qué seguimos caminando? Ayer ‘la migra’ agarró a muchas personas. Ya no quiero seguir sufriendo a lado de mis hijos y mi esposa”. Una tienda ya le ha propuesto un trabajo por 900 pesos a la semana y comenzaría el lunes posterior a la charla, mismo día en el que tiene cita en el hospital para evaluar el proceso de curación de su pierna. “Salir adelante por los hijos”, promete mientras divisa de reojo a las vías del tren.

"Si tenemos problemas, vemos a 'La Selecta"

Casi 100 migrantes acampan fuera de la sede en Tapachula de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), adscrita a la Secretaría de Gobernación. El sol se oculta detrás de las nubes grises y el sofoco roba el aire. Las abejas rondan las garrafas de agua dulce. Los tacos de carne, de cuatro por 35 pesos, con puré de abeja incluido. Un hombre reparte charolas de unicel con arroz, carne y camarón. No hay descuento para inmigrantes. Otro vendedor envía botellas de agua bajo las rejas; al otro lado, el personal de la COMAR reúne a los solicitantes y completa los expedientes. Un niño se asoma por debajo y pide un poco de agua. El murmullo metálico y las risas infantiles que acompañan la espera. La burocracia suena al eco de la inocencia, de quienes desconocen el hastío que la existencia del documento significa; las puertas que abre y las vidas que salva una hoja de papel.

La banqueta de la academia de baile ‘Valery’, justo frente al edificio de la COMAR, acoge a quienes no tienen más opción que esperar o refugiarse. Algunos, a falta de espacio, han decidido instalarse al otro lado de la cuadra, al pasar la Octava Avenida Sur; se resguardan de la resolana bajo la terraza de una casona de fachada color vainilla; sus ropas se secan al otro lado de la acera, custodiadas por un grafiti que reza "Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”. Una camiseta del Real España reposa bajo el sol. Quienes sí están en trámite, se arremolinan frente al portón café, custodiado por dos policías que seleccionan a quienes esgrimen los argumentos suficientes para gozar de una visita al edificio. La COMAR no siempre atiende la totalidad de las citas que agenda. Las rezongas, las súplicas, los sobres de plástico que contienen los documentos que, a estas alturas, tienen un carácter casi sagrado. “Por favor, me citaron hoy y necesito entregar mi constancia, estoy buscando la visa humanitaria”, pero los policías no se inmutan.

Entre la jarana, las mil historias que aún se escriben a golpe de sello, los sueños que nacen o terminan en una firma, Moisés Lemus Galindo (21 años), Luis Fernando Lemus Galindo (21 años) Elías Mejía (30 años) y Miguel Enrique Ortiz (21 años) desfilan frente a la COMAR y se apuran para subir por la Octava Avenida. Los hermanos Lemus Galindo y Ortiz provienen de Sonsonate y Mejía, de San Salvador. Todos abandonaron su tierra en búsqueda de un mejor porvenir, con Estados Unidos como una quimera. Sin embargo, las circunstancias les han orillado a considerar a México como su destino final. “En El Salvador hay pocas oportunidades de empleo para todos nosotros. Escuchamos que México, el presidente, estaba dando oportunidades de trabajo, y eso nos motivó a salir de nuestro país. Si nosotros logramos hallar un trabajo, nos establecemos aquí, y si no, intentar ir al otro lado (Estados Unidos). Allá hay familia. Casi todos los salvadoreños tenemos familia en Estados Unidos”, explica Mejía, ataviado de una camiseta personalizada de ‘La Selecta’, el equipo nacional salvadoreño, decorada con símbolos y mensajes cristianos. Los cuatro viajan juntos, intentarán por todos los métodos encontrar un trabajo que les reditué lo suficiente como para llevar una vida digna. “Uno trabaja allá de 7 a 7, por cinco dólares. Y con eso uno no sobrevive”, explica Miguel.

Para ello, deberán superar el extenso trámite que la COMAR estipula para conferir el estatus de refugiado. Primero, el solicitante debe firmar un oficio, facilitado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos o el Instituto Nacional de Inmigración para iniciar el expediente. Después, presentará la solicitud en la oficina de la COMAR; a partir de ese momento, las autoridades mexicanas están obligadas a respetar el derecho del solicitante a permanecer en México hasta que se complete el trámite. El tercer paso es la recepción de la constancia de la COMAR, lo que obliga al inmigrante a permanecer en la entidad federativa donde emitió su petición. Con la constancia, se puede solicitar al Instituto Nacional de Inmigración el visado por razones humanitarias, documento que le permite trabajar legalmente en suelo mexicano mientras el trámite concluye. Tras presentar un formulario en el que el expatriado deberá explicar las razones por las que salió de su país, la COMAR concede una entrevista cara a cara. Finalmente, la COMAR estudia el caso e informará su fallo en un plazo de hasta 45 días hábiles. En caso de una resolución negativa, el inmigrante aún puede pedir una revisión del caso y tiene derecho a un recurso de apelación y a un hipotético juicio de amparo. El trámite, en total, puede extenderse hasta cinco meses. Elías, Moisés, Luis Fernando y Miguel ya tienen el proceso avanzado, pero consideran que la burocracia es excesiva y cruel. “Todo para que al final nos digan que no. Pero guardamos esperanza en que se nos dé. Si no, pa’ arriba. Como sea. Estamos dispuestos a caminar y afrontar lo que nos encontramos”, pone el pecho Mejía.

Moisés era albañil. Miguel y Luis Fernando, pescadores. Elías, carpintero. Pero la falta de oportunidades les ha colmado la paciencia. “A veces se come, hay veces que no se come. Hemos tenido que sufrir hambre, sed, persecuciones, muchas cosas. Es muy riesgoso. Nuestras familias son de escasos recursos, no tienen cómo sobrevivir. Uno viene para prosperar. Por ser alguien en la vida”, explica Luis Fernando. Hace unos días, los agentes del Instituto Nacional de Inmigración les pidieron explicaciones mientras el grupo caminaba por las calles de Tapachula. Por ahora, alquilan un cuarto para no dormir en las calles: “Si luego duermes en parques, te puede agarrar la migra”, alerta. El techo les cuesta 1,500 pesos al mes, por los cuatro.

Refugio también es el fútbol. El más grande de todos. La distracción, el sueño. El motivo de una sonrisa entre los rostros adustos y las miradas de preocupación, el hambre y los anhelos destruidos. La plática cambia de color. El más entusiasta de ‘La Selecta’ es Moisés, para quien el equipo traza una línea directa, una vía de tren, con su familia y un mundo en el que, súbitamente, no hay angustias, ni militares o policías, ni amenazas o burocracia: “El fútbol nos gusta mucho, apoyamos siempre a ‘La Selecta, porque es nuestra selección y no porque pierda la vamos a dejar de seguir. Si tenemos problemas la vemos y dejamos de pensar en lo que está pasando y sí, extrañamos mucho a nuestro país, a nuestras familias; desde que salimos dejamos hijos, nuestros padres, hermanos”. A Elías, aficionado del Faz y del América, también le entusiasma ‘La Selecta’ como símbolo, pero no sus integrantes: “Los deberían de despedir y darle oportunidad a nosotros que nos gusta el fútbol (risas). Deberían de salir a los cantones, a los caseríos, a buscar a la gente que sí sabe, que sí ama el fútbol, y no tener a estos chavos que si no les pagan un hotel fino juegan bien, o venden los partidos”, se desternilla. Para el partido de Copa Oro frente a Honduras, Elías buscará, al menos, la forma de ver el resumen en cuanto tenga acceso a Internet: “Los hondureños son nuestros hermanos, los queremos. Ganemos o perdamos con ellos, son nuestros hermanos".

Luis Fernando es el más apasionado al juego. Ha intentado incursionar en el profesionalismo, pero la falta de apoyos económicos no le permitió probar suerte. Forjó su habilidad con la pelota en las playas cuscatlecas. “Me encanta, siempre he sido fanático del fútbol, pero nunca tuve la oportunidad para entrar a un equipo. Ni una ayuda, ni del gobierno, o de otros lugares. Por desgracia no tengo dinero para meter los papeles para que me dejen jugar. Yo sería futbolista. Desde pequeño, jugaba fútbol en la playa, ahí crecí. Con pelotas de plástico, con poco íbamos comprándolas y desde ahí me encantó. Si algún día tuviera una oportunidad de entrar a algún equipo, lo haría”. El fútbol trajo cuatro sonrisas a la COMAR en Tapachula.

“El fútbol lo ayuda a uno para no pensar ciertas cosas”

I

Edwin y Darwin descansan, tirados sobre un sillón desvencijado, después de una semana de terror. Hace cuatro días fueron asaltados cerca de Tapachula. Les quitaron todo: teléfono, dinero. Venían huyendo de los agentes migratorios. La televisión de 20 años de antigüedad muestra las imágenes de colores saturados. Pero qué importa. Edwin y Darwin están absortos en las aventuras de Brendan Fraser para encontrar la Tumba del Dragon Emperador, en ‘La Momia 3’. Es hora de olvidar. Decenas de colchones de hule espuma, apilados a la derecha de la televisión. La botella de Coca-Cola de tres litros que suda, helada. Las galletas de mantequilla, único alimento hasta la hora de la cena. Los retratos del monseñor Óscar Romero; uno, a la entrada el albergue; otro, apostado sobre una mesa de madera, contigua a la televisión y un estante. Una pantalla led de última generación muestra las informaciones más recientes de la crisis migratoria: los movimientos de la Guardia Nacional, la cumbre de los presidentes Bukele y López Obrador en Tapachula, recomendaciones para encarar el viaje, las rutas del tren, los pasos a seguir en los trámites de la COMAR, los senderos a evitar a toda costa. Las letrinas habilitadas como duchas. Las banderas de México, Guatemala, Honduras y El Salvador, colgadas de una viga. Las sillas desperdigadas, maltrechas, pintarrajeadas de azul, la palabra ‘Honduras’ trazada a cuchillo en el respaldo.

La Casa del Migrante ‘Hogar de la Misericordia’ está regentada por la Diócesis del Sagrado Corazón de Jesús de Arriaga. Funciona a partir de los recursos propios de la congregación, sin injerencia alguna de cualquier orden gubernamental. Carlos, mirada vivaracha, tez quemada, tan alto como las puertas del refugio, está a cargo del albergue por las mañanas; desvela que apenas tienen dinero suficiente para comprar tortillas. La situación no solo es precaria fuera, en los páramos de arena, aunque los esmeros son monumentales para brindarles, aunque sea, un día de sosiego a quienes llegan en busca de un plato de comida y un lugar bajo techo donde pasar la noche. Tras un jardín silvestre custodiado por un portón rojo, aparece una casa de colores blanco y turquesa que hasta enero era un servicio médico que operaba bajo la competencia del Seguro Popular. Sin embargo, acusa Carlos, la actual administración federal retiró la asistencia. Los doctores atendían las urgencias de los migrantes; quienes requerían operación, eran enviados al hospital más cercano. Actualmente, el espacio se encuentra abandonado. El edificio también albergó una sede de la ONG Médicos Sin Fronteras. La Casa del Migrante contó con dicho socorro durante cuatro años. Ya no más, lamenta Carlos.

El interior de la Casa del Migrante 'Hogar de la Misericordia', en Arriaga, Chiapas
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El interior de la Casa del Migrante 'Hogar de la Misericordia', en Arriaga, Chiapas

Los ojos tristes de Edwin, de 30 años, buscan serenidad durante la conversación. Y no la encuentran. Es la mirada de quien ha aprendido que deberá sufrir el resto de sus días. Su voz es tersa, sus palabras están llenas de dolor. El miedo le apaga la mirada y le ata las palabras. La fina sonrisilla que esboza es pura resignación. Qué más da todo. Hace 13 días salió de Choluteca porque “todo son problemas en Honduras, ni los niños van a la escuela ya”. No hay forma de vivir, dice. “Buscamos un lugar mejor para ayudarle a mi esposa, María, que ahora está muy enferma. Más sin trabajo, el camino es muy duro”. En Honduras, Edwin tuvo varios trabajos. Llegó a formar parte de un equipo de contabilidad en una empresa que cambió de dueño hace un par de años y cambio a gran parte de su personal. También laboró en construcciones de carreteras, en viveros de plantas, o maquilando empaques para melón. La mayoría son temporales; no duraron más de ocho meses, los mismos que lleva desempleado.

En casa, Edwin dejó a María y sus dos hijos, un niño y una niña, quienes son su motor, su inspiración. “Cuando mis niños me piden comida y no hay nada que darles… Uno no recibe nada de dinero. Solo es dar de comer y no hay dinero que entre; rápido se queda uno sin nada”, recuerda cuándo fue el momento exacto en el que decidió emprender el viaje. La meta es Estados Unidos; Dallas, en específico, donde un primo suyo vive. El sueño, brindarles un futuro mejor a María y sus hijos. Comprar una casa propia allá. Que su familia lo alcance. Ser felices, lejos de las pandillas, las carencias, la inquietud de que una mala mirada puede terminar con una bala entre cejas, la zozobra de no vislumbrar la vida más allá del día siguiente.

El grupo que integraban Edwin y Darwin estaba conformado por cinco migrantes, pero a tres se los llevó ‘la migra’. Los ‘sobrevivientes’ duermen en la Casa del Migrante de Arriaga. Para llegar aquí, Edwin tuvo que tomar una decisión arriesgada; obviar el trámite migratorio en el paso fronterizo entre Tecún y Ciudad Hidalgo, pues se sintió engañado. “Me dijeron ‘vengan mañana’. Y luego mañana otra vez, y nada. Estuve haciendo fila todo el día en el puente. Por fin nos anotaron y nos dijeron que para el 3 de julio iniciaría el trámite, pero vimos que a muchas personas también los habían anotado y no les dijeron nada. Por eso decidí seguir así”. Sin documentos que acrediten su estancia en territorio mexicano, Edwin no solo tiene que cuidarse de los atracadores. Cerca del retén federal de Tonalá, tres militares le persiguieron: “Es peligroso, porque uno va corriendo por el tramo y lo cazan. La situación está crítica”, recita, con la voz cada segundo más mortecina.

Fútbol. Los ojos le brillan. “El fútbol es lo único que me ha gustado. Soy de Olimpia. Olimpia y Motagua son los más comunes ahí. En cada colonia hay equipos. Vivía en una que se llama Colonia Unidos y jugaba en un caserío, en Yoralán, así se llamaba el equipo. Era mi distracción”, relata con la voz llena de vida, ahora. Desde que inició el largo trecho hacia el sueño americano, Edwin no ha podido seguir los pasos de ‘La H’. De hecho, su primer contacto con la televisión desde entonces ha sido en el albergue. Pero el fútbol es especial. “Siempre lo he tomado como una distracción. Lo ayuda a uno a no pensar ciertas cosas”.

- ¿Qué cosas?
- Cuando uno no tiene trabajo piensa tonteras como…

(Silencio)
- Hay gente que el hecho de no tener trabajo los ha llevado a robar, pero yo no. Cuando me siento así, veo fútbol para entretenerme en algo. Nunca he pensado en esas cosas. Nunca me ha pasado por la mente, gracias a Dios. ¿Quitarle algo a una persona? Jamás.
(Silencio)
- Lo único a lo que puedo aferrarme es a Dios. Él siempre está conmigo. En las buenas y en las malas. Es lo único que me queda.

Por hoy, Edwin no tiene planes. Posiblemente intente seguir su curso. Qué más da ahora. “Solo queremos descansar. Olvidarnos un poco del asalto”. Un vaso de Coca-Cola. Los combates de Brendan Fraser con momias computarizadas. Una ducha. Tres galletas de mantequilla. Una cobija y un sueño profundo.

II

Darwin está arrumbado sobre una bolsa de sillón, distraído con el technicolor de la televisión parpadeante. Tiene 19 años y dejó El Salvador, donde se quedaron su madre, su abuela y sus tres hermanos, por el acoso de las pandillas. “Dos días antes de que me vine (13 de junio), asesinaron a un investigador de la policía. Hay varios asesinatos muy cerca de donde vivo. Es muy peligroso. No hay trabajo además. Hay muchos problemas económicos en mi familia. La misión es trabajar y ayudarles en todo lo que pueda”.

El interior de la Casa del Migrante 'Hogar de la Misericordia', en Arriaga, Chiapas
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Su trayecto por Chiapas ha sido un martirio. Inició el camino con un amigo que fue detenido por Migración en Tonalá. Hace un par de días fue perseguido por soldados por casi una hora y casi todos sus compañeros fueron arrestados: “Pasamos por unos potreros. Había unos cadáveres de ganado. Ya venía dándome por vencido y gracias a Dios aquí estoy, esperando salir adelante. Nunca voy a olvidar a esa corrida”. Antes de ello, en Tecún, el ‘coyote’ que lo llevó a cruzar el Suchiate en una balsa le cobró 500 pesos. Después, un conductor le exigió 35 y lo dejó a medio camino rumbo a Tapachula, después de pedirle un ajuste de precio a $42. Tuvo que tomar otra ‘combi’ para llegar. En pleno camino rumbo a Arriaga se encontró con Edwin y juntos sufrieron en carne propia el asalto. Darwin traía documentos, dinero, ropa: “Cuando nos metieron al lugar, había un panal de abejas allí. Salí corriendo. Me agarraron con el machete. Gracias a Dios no me causaron heridas o algo parecido, pero sí nos quitaron todo”. Para colmo, Darwin casi muere en La Bestia. “Venía un vagón, en la parte de abajo, y de repente se desprenden unas láminas y alcancé a agarrarme. Si no estuviera listo para hacerlo, quizá no estaría contando esta historia”.

La vida de Darwin en El Salvador era un tanto más apacible a cómo ha vivido sus últimos siete días. Estudiaba a distancia el octavo grado. Entregaba tareas y proyectos cada sábado. Entre semana trabajaba como ganadero, pastoreaba animales; ganaba cuatro dólares diarios. Ahora, solo anhela un trabajo que le llene y mejore las condiciones en las que vive su familia. En México, o en Estados Unidos. Donde sea. Donde Dios le lleve, dice. Ante ello, todo se le ha puesto en contra. Hasta la policía local. “Nos quitaron como 100 pesos. Lo que hice fue ir a una delegación de policía municipal y me dijeron que no tenían por qué hacer algo por mí, que no era su deber porque yo no era ciudadano de México. Supuestamente la policía está para ayudarlo a uno, pero no prestan atención”. Los sacrificios son desgarradores. El sueño ha costado más de lo que pensó en un inicio. “En este viaje uno se siente solo. La familia ayudaría mucho. Y en este viaje toca dormir en las calles, pasar hambre, aguantar frío”, se sincera.

El fútbol alivia, también, a Darwin. “Siempre me ha gustado, estaba en la Liga Atlética Policial de El Salvador. Me gustaba participar en ese torneo, hubo una vez que llegamos a cuartos de final. Jugaba de arquero”, rememora un ferviente aficionado del poderoso Santa Tecla, campeón de tres de los últimos seis torneos locales de Primera División. La actuación de ‘La Selecta’ en la Copa Oro de la Concacaf sí le quita el sueño, pese a las preocupaciones que el viaje le ha conferido: “La verdad sí me importa, que El Salvador llegue a una instancia así es difícil. Me alegro mucho de que El Salvador haya logrado eso. Sí puede ser una distracción porque además de que uno tiene problemas y uno no sabe qué hacer con ellos, el fútbol ayuda a poner tu cabeza tranquila”.

Darwin tampoco sabe cuál es el siguiente paso a tomar. O seguir viajando, o asentarse en Chiapas e iniciar el trámite ante la COMAR. A saber si en el paraje aguarda una banda de criminales, o la Guardia Nacional que ya se ha desplegado en los alrededores de Arriaga. Por ello, Darwin recomienda a sus compatriotas que estén considerando en seguir el mismo camino que evalúen a conciencia su decisión. “Uno piensa las cosas diferentes a como las viven en el camino. Hay ladrones, secuestradores, hay muchas dificultades. El tren no es nada fácil. Si uno se duerme, se cae y se puede matar. Si quieren viajar, piénselo bien”, advierte con un dejo de arrepentimiento. “Ya empecé. Ya estoy aquí. No puedo quedarme a medias”.

- Oye, ¿a qué hora juega El Salvador?
- A las 6. Contra Jamaica
- ¿En qué canal?
- Creo que no lo pasan en abierto
- Oh…
- Pero buscamos una forma de verlo...
- (Sonríe)

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III

Seis de la tarde. Un nuevo inquilino llega al albergue. Ronca sobre un tapete, ajeno a lo que sucede a su alrededor. Los pantalones caqui, sueltos, percudidos, los pies con llagas y el sueño profundo. Darwin está en la ducha y Edwin termina de engalanarse, como si acudiera a una cita. Está emocionado, su sonrisa ahora es auténtica. Ha conseguido dinero para pagar una hora de Internet en un cibercafé de Arriaga para ponerse en contacto con su familia en Choluteca. Lleva dos semanas sin hablar con ellos.

Darwin se ciñe una playera roja y se sienta en una de las estropeadas sillas de escritorio que rondan por la sala. En Facebook hay al menos cinco transmisiones en vivo del partido en el BBVA Compass Stadium, en Houston. Con un móvil en su mano izquierda, Darwin se olvidó de los infortunios y del mundo por 90 minutos. Se emocionó con las atajadas de Hernández y con los esmeros de Cerén y Bonilla. Alabó a Carlos de los Cobos (“con él estuvimos muy bien la vez anterior que estuvo”) y deseó ver a ‘La Selecta’ en vivo por primera vez (“algún día”). 0-0, pero qué más da. Ha llegado la hora de la cena. Frijoles y tortillas. Por hoy, no hay policías, ni ladrones, ni trenes, ni la sensación de que la muerte aguarda a la vuelta de la esquina.

Epílogo

Debajo de un vagón de tren, en las vías de Arriaga, William se refugia del sol junto a tres chiapanecos que se han acostumbrado a la vida en las calles. La mirada jubilosa se le agua; alterna esperanza con una profunda tristeza en un mismo rictus. Los ojos verdes se le inundan cuando relata su historia. Los ‘crocs’ no ocultan el vendaje en su pie derecho. También cayó del tren. “Me correteó la Migración y me corté. Caí encima de una estaca y aquí ando, pues, vamos pa’lante. Voy a esperar a curarme. Voy a comprar medicinas, penicilina, agua oxigenada. La vida del inmigrante es así”. Harto de la inseguridad en Honduras, optó por embarcarse en esta cruzada casi suicida que implica el sueño de una vida mejor. “Hay muchos problemas con las pandillas. Ya no puedes caminar tranquilo por la calle. Te dicen ‘me miraste feo’ y se te acercan y preguntan ‘¿cuánto traes? Si tienes taxi o eres dueño de una tienda… aquí, en Arriaga, duermo tranquilo. Allá es imposible”.

No obstante, antes de llegar a Tonalá, ese agujero negro del que nadie sale indemne, fue sometido para entregar su mochila, sus zapatos, su ropa. “Lo poco que traía ya me lo quitaron. Vengo solo, encima”. No tiene familia en Honduras. Su padre, único vínculo, murió hace un par de años. Sin nada que dejar en su hogar, la decisión parecía fácil. Estados Unidos no es su ilusión. Es México. “Mi país querido ahora es México, la verdad. Me voy a quedar en Arriaga. Voy a realizar un trámite. Voy a estar tranquilamente aquí y que me den trabajo. Soy joyero y le entiendo un poco a la relojería”.

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A José Carlos Ramírez, igualmente ‘catracho’, también lo han atracado y echado del tren. Como tantos, como es usual en la frontera sur, por los rieles de La Bestia o los páramos desangelados, ha visto a la muerte a los ojos. "Me tuvieron hincado, aquí adelante en Unión Hidalgo, con el machete en la cabeza. Éramos ocho inmigrantes. A los ocho nos quitaron la mochila, nuestro dinero, la poca agua, comida. Nos tuvieron hincados en un cuartito y en la cabeza el machete. Le doy gracias a Dios que aquí la ando contando”. Albañil, basquetbolista aficionado, lleva 13 años emigrando; salió de Lempira a los 14, ha sido deportado tres veces desde México hacia Guatemala y, finalmente, ha decidido permanecer en Chiapas. El norte le parece territorio infernal. Hace medio año lo aventaron de La Bestia. Desde entonces, tiene el codo desalineado. No hay ninguna necesidad de volver o de seguir adelante. En Arriaga hará su vida. “La Bestia no es juguete porque ya lo viví, ‘no te avientas’, te lleva la chingada. Los migrantes tenemos una canción. Decimos ‘si no tienes la fuerza para subirte al tren, no lo hagas; déjate caer, porque nadie irá por ti’”.

Si José Carlos era un adepto al baloncesto en su niñez, William aún guarda una profunda conexión con el fútbol y con el Real España de su natal San Pedro Sula. “Para mí es el mejor equipo. Acá está el América y las Chivas. Y si no gana Real España, tenemos que irle al Marathon, de huevos. De la Selección no hablo, no sirven para nada”, sonríe mientras muestra la herida de su pie y la voz se le quiebra. La vida no le ha sido benévola y sus lágrimas rememoran decisiones, pérdidas, memorias y sueños. Como las de Alex, Moisés, Elías, Luis Fernando, Miguel, Edwin, Darwin. Historias entrelazadas por la ruta de La Bestia, una línea recta que se extiende, imaginaria, hasta Honduras y El Salvador, con el fútbol y la ilusión de un mundo mejor para sí mismos como bandera. La bocina del tren resuena hasta la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. La Bestia ha llegado a Arriaga, pero hay quien la monte. No hoy.

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