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Ichiro Suzuki podría decir adiós a Grandes Ligas en serie en Japón

Ichiro Suzuki podría decir adiós a Grandes Ligas en serie en Japón

Koji Sasahara

AP

El jardinero de los Mariners podría despedirse de la Gran Carpa enfrente de la afición japonesa durante la serie inaugural ante los Athletics.

Imaginen a un ser con la disciplina de un samurái, la destreza de un ninja y la sabiduría del Señor Miyagi.

Denle un bate mágico, un brazo portentoso y una camiseta con el número 51: El resultado es Ichiro Suzuki.

Un Ichiro que la madrugada del miércoles dará uno de sus últimos pasos hacia el ocaso como uno de los mejores peloteros que este mundo haya visto.

LA GRAN HISTORIA DE ICHIRO EN LA MLB

Ichiro no es solo la persona con más imparables en la historia del béisbol profesional (4,367) o el único jugador en recibir el premio a Novato del Año y MVP en la misma temporada. El jardinero nipón es mucho más que una serie de números sin precedente.

Es un símbolo de otro béisbol, un embajador de que la pelota asiática es mucho más que lanzadores con pitcheos rompientes imposibles y mecánicas aún más extrañas. Es un video tutorial de cómo manejar un madero, pero más importante aún, de cómo conducirse en el diamante.

Ichiro revolucionó el béisbol de Grandes Ligas desde su primera temporada en 2001 y la “Ichiromanía” despegó con el pie derecho, no solo en Seattle y sus alrededores. Fue un fenómeno nacional, y no fue algo efímero, por cierto.

Durante toda la primera década del Siglo XXI, Ichiro fue _ indiscutiblemente _ el mejor pelotero del béisbol profesional. En sus primeros 10 años en la Gran Carpa bateó para un increíble .330 y promedió 224 imparables por temporada. Para darle a esta cifra una justa dimensión, el venezolano José Altuve, tal vez el mejor bateador de la actualidad, promedia tan solo 177 hits en cada una de sus primeras ocho campañas.

El madero en las manos de Ichiro era tan letal como una espada en las manos de un samurái y tan delicado como un pincel entre los dedos de Da Vinci. Ichiro fue el Miguel Ángel al momento de dominar el arte perdido de batear a la banda contraria.

El peligro con el nipón nunca acabó en la caja de bateo, solo era la puerta de entrada a los otros infiernos de Ichiro. Dotado con potentes piernas, una disciplina sin igual para estudiar cada aspecto mecánico del juego y un hambre insaciable, Suzuki robó 380 bases tan solo en los primeros diez años en Grandes Ligas y más de 500 en su carrera, eso, claro, sin incluir las 199 en su país natal.

Ichiro nunca necesitó de los cuadrangulares para encumbrarse en el estrellato. Y la palabra correcta es “Necesitar”. A pesar de solo sacudir 117 home runs en su carrera (6.5 al año), su poder fue indiscutible.

Parte del encanto de Ichiro fue esa aura de misticismo en torno a la leyenda urbana de su poder. En 2016 y ya con 42 años, el japonés vencía sin problemas en la práctica de bateo a sus otros compañeros de los Marlins, incluidos Giancarlo Stanton y Marcell Ozuna.

Pero no me crean a mí, créanle a quien estuvo ahí y lo vio todo. El coach de bateo en ese entonces, quien resulta ser la voz más autorizada en la materia: Barry Bonds.

“Creo que (Ichiro) podría ganar el Home Run Derby. Fácil. Sin discusión”.

Nunca lo sabremos.

Lo que sabemos es que si su bate era una espada letal, su guante siempre fue un escudo infalible.

En sus primeros 10 años en la Gran Carpa, el japonés fue al Juego de Estrellas y ganó el Guante de Oro en cada uno de esos años. Si se le suman sus siete Guantes de Oro que obtuvo en sus nueve años en Japón, estamos hablando fácilmente de uno de los mejores jardineros que hayan habitado el sistema solar.

Su brazo derecho, incluso a sus 45 años de edad, sigue siendo el material de las pesadillas de los corredores de todo el mundo. Su rango en la pradera derecha, inigualable.

Su legado, también.