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Facebook y Estados Unidos: el nuevo orden del fútbol europeo

Estados Unidos

“Muerte al fútbol moderno” es un adagio notorio en los nichos de aficionados nostálgicos, románticos, cuyo corazón y espíritu han quedado atrapados, prendados, en memorias que, invariablemente, siempre parecerán mejores al presente. Se pertenecen a sus recuerdos. “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, escribió Javier Marías. Pero, quizá, no se refería a quienes transitan la infancia en la era de la multiconexión y las pantallas parlantes, sino en los tiempos del barro, los transistores, los campos en penumbras, los tablones de madera como butacas, los televisores de pantalla curva y goles en blanco y negro. La resistencia contra el “fútbol moderno”, el de las cláusulas billonarias, colorete, luces neón y zapatillas ultra-extra ligeras bañadas en toda la gama cromática, persiste en sus tuits, sus carnés de socio y sus tertulias con cerveza y corcholatas desperdigadas sobre la mesa. El paso incontenible del “fútbol moderno” les ha sitiado. Asediados están, parapetados entre terabytes, Instagram stories, carcasas de plástico, jerseys color fluorescente y más neón.

La semana ha marcado un nuevo viraje del “fútbol moderno”, ese monstruo insaciable. Que engulle a placer y se ensancha sin reventar. La UEFA cedió sus derechos de transmisión a Facebook, que podrá emitir la señal de los partidos de la Champions League en Latinoamérica a través de su plataforma sin costo alguno para sus usuarios; al tiempo, LaLiga firmó con la empresa Relevent (organizadora de la International Champions Cup, dueña de los Miami Dolphins y del Hard Rock Stadium que los acoge), un convenio para llevar partidos de competencia oficial a Estados Unidos a partir de la temporada entrante (según información de El País, el 1 de enero comenzará la cuenta atrás). Real Madrid y Barcelona, presumiblemente, serán quienes encabecen el cartel. El racional que ha llevado a LaLiga a la itinerancia de la competición es, llanamente, expandir su marca en territorios inhóspitos, donde Real Madrid y Barcelona ya triunfan por sí mismos, por su nombre, sin el cobijo de la organización a la que siempre han estado adscritos. Y siempre está el tufo demagógico: robustecer la presencia del fútbol entre el público estadounidense, históricamente resistente a él, quizá por saturación, quizá por lejanía, quizá por mero hastío, incompatibilidad o recelo: no es un deporte “americano”. La conquista de “likes”, publicaciones compartidas, boletos de 50 dólares y el logo multicolor de LaLiga reluciendo en Times Square.

Ambas noticias establecen un patrón: el seducción de nuevas audiencias y, a la vez, acercar el fútbol de élite a los acólitos de siempre, que lo viven a distancia, ensimismados en sueños de viajes europeos que se esfuman a cada año, o que se lo pierden porque no cuentan con televisión de cable o satélite. Fútbol para todos y al alcance de todos. La cruzada, ambiciosa, se antoja riesgosa. Primero porque la reticencia del mayoritario público estadounidense al fútbol obedece a un orden social más profundo que a la presencia del producto por sí. Y, porque en su afán de expandir el juego a novatos en él, lo alejan de sus fieles, su razón de ser, los que se enamoraron de él cuando no le perjuraban odio por su “modernidad”. ¿Qué será del ritual de quedar en compañía en el bar más cercano, la camaredería, el “otra más”, el golpeo sobre la mesa y el chocar de los cristales al grito de salud, si el fútbol estará a alcance de nuestros bolsillos? No sólo es un cambio de ‘target’, ya que hablamos en lenguaje vernáculo, sino de formas de consumo.

LaLiga abrió, ante sí, varios frentes que deberá atacar. ¿Cómo compensará a los abonados que pierdan el partido de local que LaLiga ha decidido colocar en Estados Unidos?, ¿cómo hará para convencer que la neutralidad de campo será beneficiosa deportivamente para el club que, originalmente, debería ejercer como local, en su estadio, en un duelo que quizá podría definir su futuro, sus opciones a ganar el título, entrar en Europea o salvar el descenso?, ¿si Madrid, Barcelona y Atlético son los rostros a vender, cómo evitará un conflicto de agendas en el caso que los equipos disputen fases de eliminación directa en competiciones europeas, con el tedio logístico y fisiológico que el viaje sobre el Atlántico significa? ¿Programará el encuentro en un día y una hora viables para que el aficionado en Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, el que ese día podría estar en el Bernabéu, en el Camp Nou, en San Mamés y en el Pizjuán, pueda seguir a su equipo? ¿Cómo lidiarán con el conflicto que se avecina con el equipo que ceda su partido como local y sus abonados, que exigirán una remuneración a caso de la cuota anual que ya pagan por el legítimo derecho, entre tantos, de sentarse en su butaca en todos los encuentros de la temporada? “Respect” hacia los aficionados, bien clamaría con su voz celestial que ahora resuena en los cielos Aretha Franklin, en paz descanse.

El mito de Eresictón, que por su voracidad, mientras más zampó, más adelgazó y terminó engulléndose a sí mismo. Quizá el nuevo orden del fútbol sea ese. Por ahora, los nostálgicos pueden bajar armas. La guerra contra el fútbol moderno parece haber llegado a su fin.

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