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La fiesta del Niño

ATLÉTICO 3-0 LEVANTE

La fiesta del Niño

Torres.

SERGIO PEREZ

REUTERS

Marcó un golazo en el Día del Niño y ya lleva cien goles en Liga con el Atleti. Correa y Griezmann encarrilaron el partido. El Levante sigue en peligro.

Madrid

Con el primer escudo con el que nació el Atleti, el primer tifo del campo, 211 días después de su estreno, “115 años contigo”, alzó alto la voz el Metropolitano en su primer día del niño, que, por cierto, llenaban el palco de autoridades. El futuro es suyo. Y está asegurado. Alzaba sus banderas la grada, sin que la voz dejara de empujar. A Lyon, a la Champions del año que viene. Ya es matemático. Lo logró ayer frente al Levante en un partido que ya para siempre guardará un gol. El de su Niño. Sería al final. El broche.

Mucho tiempo antes, al principio, si el nuevo Levante Paco López tiene fortaleza en el centro y verticalidad, Simeone sacó del banquillo al mediocentro del futuro, Koke-Saúl, delantera francesa, Gameiro-Griezmann, y su versión más ofensiva, con Vitolo y Correa llenando las bandas. Los primeros acercamientos estuvieron en sus botas ante un Levante que quería balón y trataba de ser incisivo, aunque sin claridad en los metros finales.

Mientras el fútbol se iba amasando, buscando el Atleti el error, con centros laterales, con los pasillos de Correa, con la brújula de Koke en la bota, la grada alzaba al cielo otro homenaje. “F. Torres, de niño a leyenda” y El Niño asomando del banquillo, dando las gracias emocionado. La hierba de punta y eso que el fútbol no terminaba de aclararse. Simeone, por si acaso, enviaba un hombre para que se diera la vuelta al campo y se lo diera a Vrsaljko y Correa, a aquellos jugadores a los que no llegaba su voz. No sirvió de demasiado aunque Correa diera un paso al centro y Vrsaljko le pusiera su nombre a toda la banda. El partido seguía trabado, difícil. Pobres niños.

Las ocasiones llegaban a cuentagotas. Y ninguna clara. media de Gameiro, media de Roger. Entonces, Vitolo. El partido cambió para siempre cuando agarró un balón y corrió con él para espantar toda sombra que le rodeara, para gritarle al Metropolitano que aquel Vitolo del Sevilla tiene mucho que hacer en el Atleti. Condujo, arrastró a medio Levante, llegó al área y cedió a Correa. El gol del argentino tuvo algo de La Danza de Matisse. Entre defensas, sacó el pincel y, en un regate, sentó a tres, que, a su alrededor, rodeándole, fueron incapaces de robarle esa pelota que lanzó a la red con la derecha. No amilanó, sin embargo, al Levante.

Por dos veces trató de mostrárselo a Oblak. Una, un punterazo de Morales, lo sacó la manopla del portero. En otra, se entrometió Godín. Seis minutos quedaban para el descanso cuando el aire se llenó de pitidos. Eran para Gil Manzano. Pedía más y más Simeone sin dejar de mirar el césped. Se había escapado Griezmann en una contra pero Oier, en la salida, le derribó tocando su pie derecho. Para el árbitro fue piscina y amarilla.

Tras el descanso, Paco López intentó otro Levante. Más colmillo, con la entrada de Ivi y Bardhi. No tuvo tiempo para ver si funcionaría o no. Se lo arrebató todo Griezmann, que también tiene pincel por bota. O un cañón. Aprovechó un centro de Vrsaljko para pintarlo de golazo, enviándolo casi a la escuadra desde el punto de penalti, a bote pronto y con la diestra. Asi finalizó el partido, tres minutos después del descanso. Ahora sí que disfrutaban los niños. Y eso que lo mejor aún estaba por llegar. Porque Simeone miró a la banda, allá donde calentaba Torres y le llamó. Entraría en el 58 por Griezmann, con amarilla, ante un Metropolitano puesto en pie. Móviles al aire, esos selfies, los primeros de los últimos. Los selfies y ese grito, Lolololololo, que es tantas cosas. 

Serviría para comprobar que Oblak para muy bien (Roger lo comprobó) pero corre regular, a Simeone de probeta (Vrsaljko lateral izquierdo por Lucas, sancionado, y Juanfran a la derecha) y ese gol, el de Torres, su 127 rojiblanco, igulando a Peiró, su cien en Primera. Tenía que llegar ayer. En el primer día del niño del Metropolitano y el último de Fernando. Centró Correa y, en el segundo palo, metió Torres la derecha para colar el balón por el segundo palo. El estadio, de nuevo en pie, se caía puesto en pie. La grada siempre suena distinta cuando marca Torres. El aire cambia. Son tantos años. Quedan nueve partidos. Sólo nueve. Ojalá a veces el fútbol pudiera parar el reloj.

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