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'Eddie The Eagle', ¡que nadie se burle del peor saltador de la historia!

HISTORIAS DE JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

'Eddie The Eagle', ¡que nadie se burle del peor saltador de la historia!

'Eddie The Eagle', ¡que nadie se burle del peor saltador de la historia!

John Edwards representó al Reino Unido en los Juegos Olímpicos invernales de 1988. Era su sueño de infancia. Quedó en último lugar.

Estados Unidos

Los anteojos de monturas invertidas. La sonrisa imborrable, inocente. La mirada distraída, bisoña. Esa dulce somnolencia que emanaba. Parecía más un anciano que escudriñaba las hojas del libro de 700 páginas que había dejado sobre la mecedora. No, tenía 25 años y era un atleta olímpico.

John Edwards tenía un sueño desde los 12 años: competir en los Juegos Olímpicos de Invierno. La competencia, no obstante, era feroz. Los recursos, además, no le sobraban. Sobrevivía gracias a la albañilería y rebuscó en los registros de las federaciones deportivas de la Gran Bretaña en busca de un espacio. Encontró que el salto de esquí no contaba con ningún británico que tuviera marcas lo suficientemente sólidas como para competir a nivel internacional. Eso, salto de esquí. ¿Qué tan difícil puede ser?

'The Eagle' desplegó sus alas por primera vez en la Copa Europea en Saint Moritz, Suiza, en pleno Boxing Day de 1986. Un año después, representó a la Gran Bretaña en los campeonatos mundiales de Obertsdorf, Alemania. En ambas ocasiones, ocupó el último puesto. En Saint Moritz, Edwards cayó de bruces después de un salto de 60 metros desde la plataforma; se rompió cinco dientes, la mandíbula y la clavícula. "No tenía dinero para curarme, así que decidí ponerme una bufanda y seguir con la rutina", contó a The Guardian.

A pesar de sus paupérrimas marcas, 'Eddie' (un apodo generado de su apellido) consiguió la invitación del Comité Olímpico Internacional para los Juegos de Calgaray. Su arribo al aeropuerto de la ciudad canadiense fue un obra de arte de humor involuntario: su maleta reventó y sus prendas se desperdigaron por todo el carrusel de equipaje. Los medios de comunicación presentes relataron el acto circense de Edwards, que perseguía sus ropajes entre las valijas de cientos de pasajeros y sus carcajadas a grito pelado.

El día por fin había llegado. 14 de febrero de 1988. Para ello, 'Eddie' había tenido que dormir en hospitales para enfermos mentales o en posadas de mala muerte a cambio de una libra y haber cortado la madera para el fuego de la chimenea. Era el precio por el entrenamiento, por el sueño de una vida. 'Eddie' se aproximó a la plataforma. Se sentó sobre el barandal del que se sostienen los competidores antes de la caída y el vuelo. No se quitó las gafas. No dejaba de sonreir. La risilla, temblorina, le atravesaba el rosto mientras miraba hacia la pendiente. Sobre sus anteojos caídos, de pasta dorada, un ícono pop ya, se ajustó las gafas protectoras. Y se soltó del barandal para entregarse a la gravedad ante el rugido de la afición. Y voló. No mucho, realmente. Un planeo sin altura, casi paralelo con el suelo, con los esquís de 'Eddie' no alineados, vecidos por el viento. Una águila preparaba el aterrizaje después de haber reconocido el terreno, con patadas que rasguñaban la tierra. Fue más largo el resbalar de 'Eddie' sobre el hielo después del aterrizaje que el vuelo mismo. Qué importaba. Ya había ganado sus Olímpicos.

El finlandés Matti Nykänen, campeón de ambas competencias en las que participó Edwards (70 y 90 metros), salió en defensa de 'The Eagle' ante el tsunami de risotadas, burlas y auténticas críticas con saña. "No deberíamos reirnos de él". Sus conferencias de prensa tenían más quorum que las de Juan Antonio Samaranch, entonces presidnete del COI. El personaje transitaba entre la extravagancia, la ternura, y la heroicidad. No obstante la protección de Nykänen, Edwards firmó registros paupérrimos. En ambas pruebas, conjuntó un cuarto de los puntos totales logrados por el campeón, y tan solo una mitad de los que poseía el penúltimo. El COI decidió blindarse ante los futuros 'Eddie' y estableció una regla, que lleva su nombre, que endurece los criterios de clasificación a los Juegos: top 50, como mínimo. 'The Eagle' no regresó a los Olímpicos. Qué importaba. El sueño se había cumplido. ¿O no todos tenemos un poco de 'Eddie The Eagle'?

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