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El Real Madrid pierde la piel de elefante

El Real Madrid sufre una de las enfermedades más inexplicables y graves del fútbol: es un equipo de figuras que sufre las debilidades de los equipos pequeños. Frente al Levante se reprodujeron casi todos los problemas que acarrea desde el inicio de la temporada. Aunque jugó bien a ratos, con una considerable sensación de autoridad en el primer tiempo, recibió dos goles, salió del partido con un empate decepcionante y abrió más dudas sobre sus posibilidades en el duelo con el París Saint Germain, el desafío que consume por igual las esperanzas y los temores de la hinchada.

El empate añade otro elemento de preocupación. El Levante, que lleva una eternidad sin ganar en su campo, logró dos goles, cifra que se ha convertido en habitual para cualquier equipo que juegue contra el Real Madrid. El Fuenlabrada (Segunda B), Numancia (Segunda) y Leganés lo consiguieron recientemente en la Copa, y en el Bernabéu nada menos. El Barça le marcó tres en el último partido del año y el Celta anotó dos en el primero de 2018. Es rarísimo que sus rivales no marquen, sin que importe el potencial del adversario. Hasta el decaído Deportivo se las apañó para adelantarse en el Bernabéu.

El problema se agrava porque es irrelevante la secuencia de los goles. Se adelante o se vea en la necesidad de remontar, el Real Madrid recibe goles con una frecuencia inaudita. Invita a que le ataquen, que es exactamente lo que hicieron el Barça, el Celta, el Leganés en el primer tiempo y tanto el Valencia como el Levante en la segunda parte. Todos explotaron las debilidades del Real Madrid, que no son estrictamente defensivas. Su caudal goleador se ha resentido notablemente esta temporada. Ni los 11 goles que consiguió frente al Depor y Valencia le han servido para maquillar las cifras.

Es evidente que la sociedad Cristiano-Bale-Benzema está muy por debajo de sus números habituales. Ya no sirven como paraguas redentor de las carencias defensivas. La hinchada sueña con el repentino despertar de sus tres delanteros, pero por ahora no hay demasiados motivos para el optimismo. En LaLiga, Cristiano está en unos mínimos históricos como goleador, Benzema tampoco despega y Bale representa el caso más preocupante de los tres. Sus dos goles en Vigo y el golazo al Depor produjeron un alboroto. Bale parecía un mesías para este periodo de crisis. Sus tristísimas actuaciones frente al Villarreal, Valencia y Levante (en los tres partidos fue sustituido por Zidane ante la evidencia de su atonía) han generado el estupor de los aficionados. Ha sido el Bale del verano, un jugador de vacaciones.

Si a un equipo no le funciona la defensa y su delantera está en regresión, las consecuencias se antojan graves. Lo más sorprendente es que el Real Madrid nunca ha sido una maravilla defensiva. Su ataque, en cambio, ha funcionado casi siempre como un martillo. Cualquiera que fuera su problema, el Real Madrid tenía una ventaja sobre la inmensa mayoría de los equipos: la personalidad. Más que jugar bien, que lo hizo con bastante regularidad, el Madrid se impuso en la temporada anterior por una estabilidad que no entendía de titulares y suplentes, de cambios de sistemas, de rivales y de competiciones. Era un equipo autoritario y fiable.

Aquel Madrid se ha desvanecido esta temporada. Mantiene a todas sus estrellas, pero no lo parece. Sufre las miserias habituales de los equipos corrientes. No consigue gobernar los partidos. Cualquier adversidad le desestabiliza, como le sucedió tras el gol de Boateng. Sus buenos ratos no le sirven para ganar partidos y los malos le condenan a un tormento defensivo. A pocos días de la eliminatoria con el París Saint Germain, el Real Madrid ha perdido su vieja piel de elefante. Ahora la tiene demasiado fina. Cualquier cosa le altera.

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