Tercer tiempo

Tercer tiempo

Sueños de técnico

Zinedine Zidane tiene cada semana, mientras dura esta aguda crisis de su equipo, el Real Madrid, para aliviar las culpas de sus futbolistas. Y para desear que el futuro sea blanco, no tan oscuro. Debe hacerlo así: él es una buena persona, y sin duda un preparador muy competente. Este sábado debieron acabársele las metáforas de apoyo y dijo algo que no se le hubiera ocurrido ni a Matías Prats senior: esta vez dijo que “la culpa es del balón”. Pudo haber dicho que la culpa fue del larguero, donde Cristiano estrelló un balón, precisamente, cuando el partido andaba virgen.

El balón cuadrado

Como si los balones fueran cuadrados y tuvieran voluntad y, como los árbitros, decidieran los partidos. Otro entrenador, este en dificultades mayores que las que tiene Zidane, culpó a la totalidad. Dijo Paco Jémez, después de la abultada derrota de mi querida, y tan doliente, Unión Deportiva: la culpa “es del fútbol, tan ingrato y tan cabrón”. La culpa no es del fútbol, podría decírsele a tan expresivo líder: la culpa es de cómo se juega al fútbol. Miren el Villarreal, ¿le asiste más fútbol que al Madrid? Al Girona le asistió más fútbol que al equipo de Paco Jémez. El fútbol hay que mimarlo para que te mime.

Paradojas de Míchel

Una secuencia dura: Zidane fue un genio del fútbol; Míchel fue un héroe del Madrid, el más simpático de sus futbolistas. Se ha pasado esta crisis malaguista jugando a creer que todo se iba a remontar. Y, como se dice en el poema de César Vallejo, el cadáver, ay, siguió muriendo. Él ha marcado su discurso de supervivencias con paradojas que no sustentaron el juego. La culpa es del fútbol, la culpa es del balón, la culpa es de cómo se configuran los equipos; es como cuando estudias exámenes. Si los dejas para el último día te explota la cabeza. A Míchel lo echaron cuando iba a entrenar. No deja de ser paradójico.

Los perseguidores

La enfermedad de unos, en fútbol, es consecuencia de la salud de otros. Kroos fue llamado al orden el sábado por dar por tirada LaLiga. El realismo no está bien visto en según qué círculos: a los futbolistas se les exige un control estricto del vocabulario. Lo cierto es que Valencia y Atlético asean sus cuentas, y el abismo que se abre es oscuro como la tumba donde yace mi amigo (James Baldwin es el autor de esa metáfora). Ignorar ese hecho, echarle la culpa al balón, seguramente no ayuda a contradecir a Kroos, y además ese no es el problema. El problema ahora es el graderío.

Los aficionados

Y ese es un problema mayor, pues es la grada la que anima o desanima. Y está en su punto de cocción una revuelta. Una estadística que anda por ahí dice que sin segundas partes el Madrid estaría el primero. Los aficionados ensayamos todo tipo de artimañas para recuperar el ánimo; yo lo hago cuando el Barça pierde, y ha perdido mucho. Y hay un momento en que ya la melancolía nos vence. El clavo ardiendo es el PSG, que viene con malos augurios. Parece, dice El Larguero, que el equipo francés podría llevarse a Cristiano a cambio de Neymar. Cuando lo escuché me vino a la cabeza la mirada de Tomás Roncero.

El emblema blanco

Pues el emblema blanco es el jugador portugués, tan Balón de Oro como Messi y, según él mismo, el mejor de la historia. Si hubiera marcado el gol que se estrelló en el larguero, precisamente, hoy estaríamos hablando de otras cosas. Pero el fútbol tiene estas cosas, como diría Zidane, y ahora estamos hablando de un futurible cruel para grandes aficionados madridistas, entre ellos mi amigo Roncero. La única respuesta a lo que divulga El Larguero es ganarle por mucho al PSG y convertir en pesadilla del pasado esta indigestión dilatada del aún vigente campeón de LaLiga y tantas veces campeón de Europa.

La frase

“La culpa es del balón”

Zinedine Zidane.

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