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Tony Romo se retiró con aquellas lágrimas de su mujer desolada

Dallas Cowboys

Tony Romo se retiró con aquellas lágrimas de su mujer desolada

Tony Romo se retiró con aquellas lágrimas de su mujer desolada

MIKE STONE

REUTERS

Un sack, una clavícula rota, y una mujer tapándose la cara con las manos marcan la despedida de Tony Romo, un quarterback irrepetible de una gran generación.

En el mundo del deporte nunca sabes cuál va a ser la imagen que se grabará en tu retina. Uno se imagina que será ese touchdown maravilloso, o aquel sack que hizo vibrar la tele. Pero casi siempre el subconsciente nos sorprende con situaciones que no son para tanto. Y recordamos a un jugador sacándose un bolígrafo del calcetín para firmar un balón, o un pase sin importancia en medio de un partido, pero que, por lo que sea, nos impresionó especialmente. Yo tengo una imagen de Terrell Davis que ni siquiera sé si sucedió o fue inventada por mi imaginación calenturienta. Transcurre a cámara lenta, con el uniforme azul oscuro de los Broncos, y el corredor levantando la pierna hasta el infinito para pasar por encima de toda la línea contraria. No recuerdo ni el partido, ni el rival, pero vuelve a mi mente cada vez que pienso en uno de los running backs más grandes que ha pisado un emparrillado. ¡Qué grande Terrell!

La imagen imborrable de Romo

Cada vez que pienso en Romo no me acuerdo de ninguno de sus pases inverosímiles, ni de su famoso error en el holder o sus remontadas magníficas. Ni siquiera me acuerdo de sus portentosas intercepciones, como sí me sucede con Brett Favre. Cuando alguien me nombra a Romo me acuerdo de su mujer. Y la veo llorando mientras su marido, postrado en el suelo, siente que se ha vuelto a romper la clavícula. Y también me entran ganas de llorar. Porque cuando estaba viendo el partido ya se me saltaron las lágrimas. Congeladas. Porque por algún motivo que se me escapa, durante un breve instante intuí toda la frustración que sentía Romo tumbado sobre el turf, y la pena de su mujer, que sabía que tantos meses de trabajo, de “tú puedes”, de lucha por salir del pozo y regresar a lo grande se desplomaban por un mal sack que sacaba la tierra de su órbita.

Es una pena. No sabéis lo que me duele. Me gustaría que la imagen que me quedara de un jugador como Romo no fuera la de su mujer tapándose la cara con las manos, y las manos con el pelo, con los hombros moviéndose levemente y las lágrimas empapando la mesa. Me gustaría que fuera aquel pase de touchdown con el que se despidió el 1 de enero ante los Eagles. Pero lo siento, no me sale.

Y volvió a sonar ‘el tiempo pasará’

Y lo peor es que para escribir este artículo he tenido que volver a ver el vídeo del sack de los Panthers, y me he vuelto a sentir desolado. Como también me sucede cuando intento ver Casablanca. No, no os riais. En cuanto Ingrid Bergman dice “Tócala, Sam. Toca ‘el tiempo pasará’”, me sucede algo inexplicable que mi hija pequeña definió como “me revienta la tripa”, y me pongo a llorar con hipidos. Que no hacen más que crecer cuando Ilsa empieza a tararear suavemente la canción y se convierten en lloros desconsolados con boca en forma de puente colgante cuando llega Rick y ella le mira.

Qué queréis que os diga. Llorar a moco tendido con Ingrid Bergman no tiene un pase, pero hacerlo con la mujer de Romo menos todavía. Y por eso llevo cuatro horas seguidas viendo el vídeo del primer drive completo de Romo como profesional para intentar sacarme la otra imagen de la cabeza.

¡¡¡Hay que jorobarse!!! Incluso viendo ese vídeo, con bombazo maravilloso de 33 yardas para estrenarse como profesional y pase de touchdown como guinda a Terrell Owens, me entran ganas de llorar.

¡Vaya perra que tengo!

Siempre se acaban marchando los mejores

Durante las últimas semanas mucha gente me ha preguntado por qué estaba tan seguro de que Romo iba a retirarse. Solo hay una razón. Un tipo tumbado sobre el césped y una mujer llorando desconsolada. En aquel momento no tuve ninguna duda. Romo era historia.

Aunque aún tuvo arrestos para marcharse del football de la misma manera que llegó, con un drive conducido con maestría hasta el touchdown, pero eso solo fue un regalo para sí mismo. Otra puñalada en el corazón de los llorones, que también nos retorcemos de dolor contemplando ese momento.

Como decía Ingrid Bergman, ‘el tiempo pasará’. Y aunque muchos de vosotros no lo entendáis, cada vez nos quedan menos quarterbacks a los que agarrarnos. Porque casi todos los que más nos gustan simplemente han quedado en el pasado. Recuerdos de blanco y negro. Lágrimas de una mujer a la que también se le rompió la clavícula. Drama sobre el emparrillado. Football.

¿Por qué siempre se marchan los mejores?

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